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Caen rayos

Frente al rincón estás libre de las miradas. En tu frío y oscuro rincón. El lado romántico de la tragedia me cansa porque la tragedia, la auténtica tragedia, no tiene nada de romántico. El trabajo realizado en las aceras por Guillermo, recogiendo las miradas de la calle, no ensalza al perdedor como si fuera un héroe, simplemente te acerca a una realidad sobrecogedora /

 

Y nada de esto hubiera pasado, o al menos de esta forma, si no hubieras abandonado la fotografía publicitaria para perseguir tu conciencia fotográfica.

"Quizás tengas razón. Escondido en la cámara oscura de mi cerebro giraba ese otro mundo, formando parte del mío a cambio de entenderlo".

Siempre hiciste lo que te dio la gana y en determinado momento cruzaste la frontera.

"Creo que lo hice sin ser consciente. La fotografía es un libro que cuenta la vida latente sobre páginas en blanco. Yo sólo relleno los huecos".

Alguna vez te he escuchado desdeñar tu trabajo del pasado y no he podido evitar revolverme. Creo que en aquella época también habitaba ese fotógrafo que ahora, desnudo, ha generado otro. Era una cuestión de tiempo...

"No recuerdo claramente cómo era yo, ni algunas de las decisiones que tomé entonces. La vida era un torrente sin canalizar que buscaba incontrolado un margen definitivo..."

 

Esto es el fruto bien madurado del paso por revistas de moda, de sesiones con artistas o con modelos indolentes y una nube de estilistas cuestionándolo todo. Un mundo que parece muy interesante cuando no lo conoces, y puede que lo sea para muchos, pero que a Guillermo...
A Guillermo ya le da igual.

 

en los ojos de niebla

Y también es, seguro, fruto de mucha charla, mucha vida, blues a raudales y gratas compañías. Trocitos que ahora encajan en una fotografía capaz de mostrar la misma sensibilidad para retratar al mendigo como para envolver la belleza en el claroscuro. Esto puede que también sea cruzar la frontera.
 

 

"Recuerdo el día que conocí a Miguel.  Primero dudé, pero después me acerqué sigiloso entre la hojarasca del parque hasta el lugar donde se encontraba tumbado, dormido, rodeado de gatos y bolsas de plástico. Apreté el disparador y de repente sus ojos se abrieron a pesar del silencio. Me descubrió cerca de su cara y gritó. Fue un desgarro congelado en una mueca. Me pareció ver el grito esculpido sin ruido. Miguel es sordomudo. Enfadado, gesticuló violentamente con sus brazos y me echó de su casa entre la maleza. Había invadido su intimidad y no fui consciente hasta ese momento. Al cabo de un par de semanas, después de intentar sin éxito día tras día ofrecerle mis disculpas, me dio la mano y me perdonó. Ahora sonríe al verme".

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